Volver
Los que vivimos cerca del mar tenemos la suerte de poder alzar la mirada al horizonte y no atinar a ver nada más que horizonte y mar, calma, soledad y espacios por llenar. Quizá gracias a mi deficiente visión no alcanzo a vislumbrar ninguna pequeña isla en medio de tanta agua, por ello siempre me fijo en ese punto en el que mar y cielo se alcanzan en un abrazo cansado que debe formar un nuevo continente desconocido, virgen para ser visitado.
Hace seis años que salí por primera vez de mi casa en un primer viaje bastante intenso para un primerizo. Dispuesto a comerme el mundo, la realidad me dio una patada en el bajovientre con una fuerza suficiente para despertarme de mis sueños de niño inocente, tal que ni abrazos entre mar y cielo, ni calma y soledad. Pragmatismo, realidad y casademamá.
Aún así quedaba mucho por hacer y mucho por vivir, así que aprendí a soportar solo lo soportable y aunque tardé unos años llegó un momento en el que las ansias por vivir coincidieron con el valor de hacerlo y los medios.
Desde mi segundo viaje (ambos largos) se han sucedido una docena de viajes cortos. Antes de partir huyo de comprarme ninguna guía, ni siquiera busco en Internet. Nada que luego me cierre la boca, prefiero una página en blanco. Prefiero escuchar la voz de los lugares. Prefiero el silencio de los recuerdos. Prefiero estar libre de convencionalismos para ser libre para descubrir.
Lo peor de los viajes es que acaban. El carácter del viajero influye decisivamente en el modo en que se vive el viaje. He viajado de muy diferentes maneras: como voluntario en una asociación, como Erasmus, para reencontrar el amor, para perderlo, para volver a ver a nuevos viejos amigos, para trabajar, para perder el tiempo bebiendo de noche y durmiendo de día, solo, con pareja, con amigos y en grupo.
Lo bueno de salir de casa es descubrir. Lo malo regresar. Qué bueno cuando por la mañana te fijas en las miradas de la gente y descubres que no tienen nada que ver con las miradas que ves en el autobús de tu ciudad. Qué bajón cuando esas miradas mueren en la estación que te lleva a casa y te preguntas si alguna vez las volverás a ver. Mis viajes se amontonan en los vértices de Europa y siempre me he enamorado de las miradas, de la gente, de los tranvías, de los ríos, de todas esas cosas que no encontraré en esa ciudad en la que me tocó nacer:
- Berlín: me quedaría para siempre enredado en cualquiera de sus calles, mitad modernas, mitad testigos de la historia. La ciudad fea más bonita del mundo.
- Lyon: la elegancia de la ciudad y su furvière desaliña a la gente, que sabe que no se puede competir con semejante paisaje.
- Turín: nunca conoceré una ciudad mejor para tomar un café en cualquiera de sus docenas de piazzas. Solo o acompañado, da igual.
- Toulouse: música callejera y charla en la ribera del Garone, el lugar de reunión más sugerente que he conocido nunca.
- Ámsterdam: sensaciones en un ambiente narcótico y cosmopolita en el que resulta fácil conocer a transeúntes de cualquier parte del globo.
- Basilea: toda una experiencia para los que venimos del sur, el paseo a lo largo del Rihn fue quizá el más melancólico que he hecho en toda mi vida.
- Münster: me confortó ese calor hogareño en una ciudad en la que no entendía ni papa.
- Henschede: amor y desamor mezclados en una turmix.
- San Sebastián: difícil elipsis: absolutamente todo.
- Barcelona: la elegancia de la ciudad más burguesa de España. Bonita, de verdad, pero no está hecha para mí.
- Segovia-Salamanca-Valladolid-Ávila: mil monumentos y paisajes, pero sobre todo las calles del vino. Por fin descubrí lo que es verdaderamente irse de tapas.
- Madrid: es posiblemente la capital europea más fea, o peor hecha, o al menos, menos bonita. Sin embargo es sin duda la más acogedora. Reza un eslogan si vienes a Madrid, eres de Madrid, juro que es verdad, me sentí en casa desde el primer momento. La hecho de menos.
Como he dicho he viajado siempre dentro de Europa y de diversos modos. Sin embargo vengo de un viaje muy especial del que no esperaba nada y he encontrado mucho. Nunca me he considerado turista. Odio esa palabra, tal vez porque vivo en una ciudad turística y he trabajado en el sector en durante algún verano. Odio la saturación, odio la falta de respeto de muchos turistas y odio lo poco que se esfuerzan por conocer la/mi ciudad, que tiene mucho más que playas y bares baratos (para ellos claro).
Pero he de reconocer que si algo fui en mi último viaje, la palabra es turista. Con todas las de la ley. En mi defensa he de decir que fue por un cúmulo de circunstancias, pero así es. Deseaba ir a Florencia a reencontrarme con dos amigos y conocer esa ciudad, que debe ser lo más in, o como dicen en mi tierra: la hostia. Sin embargo dos días antes de partir compré un viaje para dos en una agencia de viajes mayorista (por primera vez en mi vida) con destino a Tenerife. Billete+hotel MP.
La elección se fundamentó en la falta de tiempo para planificar y en el deseo de mi acompañante, a la vez que primo, de playa y fiesta. Sin haber ido antes, conocía la isla ya que había organizado el viaje de fin de carrera de mi clase a Tenerife, aunque por razones que no vienen al caso no pude ir.
Turista por primera vez y por primera vez fuera de Europa. Además con un compañero de viaje muy sui generis. Poco esperaba aparte de precisamente playa y fiesta. Por eso estaré siempre agradecido a esa isla y a las personas que me encontré por ser como son.
Como ya he dicho lo peor de viajar siempre es volver. Regresar a casa, a tu verdadera casa, yo en Tenerife fui más turista que nunca y me sentí más a gusto que nunca. En e aeropuerto me volví a preguntar lo de siempre, sólo que esta vez con un regusto más amargo. Tenerife en general y Puerto de la Cruz en particular son desde ya lugares a los que deseo volver.
De acuerdo, quien me conoce sabe que eso no es nuevo. Siempre quiero volver, sólo que esta vez el anhelo es quedarme. No ser nunca más un turista en esta isla sino ser de esta isla.
Esto sólo me había pasado con Madrid. Aparentemente qué distintos Madrid y Canarias, ¿verdad? Yo los percibí distintos lógicamente pero exactamente iguales en un aspecto. Me sentí integrado desde el mismo momento en que llegué; sí, como en casa, solo que no tienen nada que ver a mi casa. Seguramente mejores.

Canta con humor Arístides Moreno, cantautor canario: lo mío es posición horizontal. Según el que fue durante meses mi hermano, Gerardo de Las Palmas, así somos los canarios, las cosas con calma. Las miradas por la calle son afables y amistosas, diálogos visuales se suceden a cada momento, enhebrando los segundos a ritmo de Dorada y brisa. Los tinerfeños son abiertos para el extraño y generosos para el viajero. Además no han perdido su integridad, al menos en el Norte. Han sabido poner en valor sus valores y conjugarlos con el turismo de masas conservando sus costumbres y modo de vivir.
No voy a hablar de lo que hay que ver o hacer en la isla. Cada uno encontrará algo en función de lo que ande buscando, yo me quedo con todo.
Pero, ¿por qué volver? Los amores de verano mueren con los últimos rayos en la playa y con las primeras gotafrías. Luego hay que volver a nuestra auténtica vida, la invernal. Acurrucados en nuestras rutinarias madrigueras, anhelando lo vivido y deseando que llegue de nuevo el verano con nuevas experiencias que nos hagan felices de nuevo. Si eso que sólo vivimos durante unos momentos nos llena, ¿no será ésta la auténtica vida? Igual nos seguimos aferrando a lo que conocemos y dominamos engañándonos a nosotros mismos.
Cada vez que vuelvo me planteo si elijo lo que hago, o elijo por defecto. Me doy cuenta de que hay personas y lugares muy especiales repartidos por el mundo. Echar de menos es un sentimiento muy bonito, pero por qué conformarse con anhelar cuando puedes realizar tus deseos.
En el fondo la cobardía más que una barrera es una excusa para no tener que perder sin saber cuánto se va a ganar.