Wednesday, July 26, 2006

Memo Tung

Tribus urbanas, ideologías políticas, deportes, música. Extrema izquierda, Gente del Partido del Bar, los del cannabis, Estirpe Imperial, España 2000, raperos, pijos, punkis, skaters y todas las subdivisones que se te ocurran dentro del rock. Todos necesitamos identificarnos con algún símbolo, desde la adolescencia intentamos integrarnos dentro de grupos de reconocimiento social, pa fardar, ligar con las niñas, las mismas que odiábamos un año antes.

Algunos se toman muy en serio estas cosas y se convierten en auténticos activistas capaces de autoinmolarte si les llevas la contraria. Yo mismo lo fui hasta unos tulliditos 20 años. En concreto fanático del rock. No era capaz de mantener una sola conversación que no girara alrededor de algún grupo, canción estilo, lo que fuera. Pero lo peor es que constantemente intentaba ganar adeptos a mi causa, la de la buena música. No soportaba nada que fuera comercial, destesté los 40, m80 y el resto de números.

El tiempo relajó mis obsesiones e incluso las substituyó por otras más mundanas como entender a las tías. Lo que también provocó el paso del tiempo es poder ver con distancia esas obsesiones. Me he dado cuenta de lo importante que es la autenticidad, palabra rara que nadie entiende. Todas estas actitudes reivindican generalmente la autenticidad como bandera de credibilidad.

Personalmente dejé de creer en la autenticidad del rock el día que los Metallica se cortaron el pelo y no creo para nada en la autenticidad de casi nada. Sólo debería existir el criterio de lo justo y lo injusto. La relatividad es uno de los males de este mundo en el que vivimos, qué es verdad, qué es mentira. Creo que mucha gente intolerante con las otras ideas, es de izquierdas o derechas dependiendo del sitio en que ha nacido, de los amigos con los que ha ido, de cómo le ha ido en la vida…

El entorno vamos. Si eres francés Zidane fue el mejor del mundial, si italiano Cannavaro, si alemán Ballack, si eres español el camarero del bar. Lo gracioso de la globalización es que ahora las referencias dejan de ser locales para convertirse en planetarias.

Recientemente un chino de china que estuvo en el mundial de Alemania, ha tenido un percance al golpear la pared de su casa, resulta del cual se ha roto el pie. Lo gracioso es que el chino en cuestión era fan de Mao Tse Tung, al cual imitaba con ahínco en gestos y vestuario. Al ver la melena del ínclito Totti moverse al viento algo cambio en su interior más profundo, se deshizo de la túnica roja y cambió el martillo por el balón, las ideas por el gol, definitivamente quería ser él, tan guapo y tan rubio y esos ojos tan de Heidi.

La cosa acabó como tuvo que acabar como el rosario de la aurora. El nuevo fan del calcio soñó que era Totti, que alentado por miles de aficionados se disponía a meter un gol decisivo, cuando el dolor le despertó él no era Totti, sólo Memo Tung y lo que acababa de chutar no era el balón del mundial sólo la pared de su casa.

Posted by Ambulante at 11:08:38 | Permalink | Comments (2)

Thursday, July 20, 2006

Juanadrianirenejavierinesgladysnandolauralbacoralhadacristinacarlos

martamariavirginianashectoryo 

 

Como decía el Dr. Scorpio en los Simpson: “los pequeños momentos son los que hacen la vida”. Si al echar la vista atrás no conseguimos enhebrar momentos con recuerdos es como si no hubiéramos vivido, o al menos como si lo hubiéramos hecho como autómatas.

 

En mi memoria sobreviven diversas anécdotas de la infancia -no las enumeraré por carecer de todo interés para el resto del mundo con sesez en correcto funcionamiento- que repaso convenientemente siempre que mi condición de neo-adulto me da una hostia en la cara. El tiempo pasa inexorablemente para todos y el hecho de no poder controlarlo nos obliga a recurrir a la melancolía como aliado peligrosos pero inevitable.

 

La melancolía inunda todas las fotografías mentales infundiéndonos un sentimiento de tristeza ante lo que no podremos nunca recuperar. Esto sucede de un modo tan brutal que las pocas anécdotas negativas que podamos recordar se transforman en nuestra mente tergiversadora en momentos graciosos, sin mayor importancia.

 

¿Qué fue de las tardes encerrado en la habitación escuchando música cutre?

¿Qué fue de la cara mirando al suelo al pasar al lado del matón de octavo?

¿Qué fue del final del verano?

¿Qué fue del primer grano en la frente?

 

Desvanecido en nada…

 

Como si sólo hubiéramos vivido buenos momentos, muy al contrario de cualquier momento presente.

 

Como cuando una relación afectiva se termina y llegan los domingos por la tarde en que la siesta post resaca es la única compañía. Todos esos momentos compartidos con la pareja de marras eclipsan totalmente las broncas absurdas, la incomprensión, las horas de soledad en compañía e incluso las astas.

 

Esta semana he acudido a Madrid para asistir a un curso de verano del Escorial en el que participaban prohombres de sumo interés como el presidente de la CNMV o el dircom del Santander entre otros. Llegado el momento de las valoraciones: ha sido genial, sé que recordaré con mucha melancolía todo lo vivido durante estos días, que como todo lo bueno pasaron muy rápido, casi sin que me diera cuenta.

 

Sin embargo este sentimiento garrapatero no se deberá a ningún conocimiento adquirido durante las 30 horas que duró mi curso, más bien se deberá a todas las personas que tuve la suerte de conocer y a los buenos momentos que me dejaron compartir con ellos.

 

No soy muy apto a las ñoñeces y considero que las cosas importantes suceden muchas veces por una correlación adecuada de circunstancias entre las que se encuentran la famosa estar en el lugar correcto en el momento preciso. Aún así esta inspiración de escepticismo en las relaciones vitales no impide que me acuerde con una nitidez fotográfica de las fotografías a lo Hefner, de los mojitos, de los psicoanálisis etílicos, , de los blogs, de las cenas (pan con pan), del mejor vino de una de las mejores cosechas, del arpa que nunca escuché, de la maldita cuesta, de la planta incineradora, de Bienve, de las estrellas, de la gran (en todos los sentidos) Idoa, del sitio ese tan grande con tantos cuadros, del sapo azul, verde y rojo, de pillarse un pedo a base de café jamaicano, del cumpleaños de Ana (gracias), del Carrefour o Supercor que me perdí, de las horas de sueño que fueron tan pocas que las recuerdo perfectamente, de la violencia de alcoba y el vuelo del Ángel de Juan, de despertar y que te despierten, del gay de Tabernero (y su película también) de la primera noche solo y la última sin querer dormir solo.

Posted by Ambulante at 10:55:49 | Permalink | Comments (7)