Del final de las cosas
Va Borges y dice: La muerte es una vida vivida y la vida una muerte que viene. Y se queda el tío ahí tan pancho. Con una naturalidad tan brutal que tiene muy poco de natural.

El ser humano aprende por repetición igual que los perros, pero el hombre es el único animal que cae dos veces en la misma piedra, no como los perros. Tanto los perros como el resto de animales aceptan el fin de un modo natural, todos menos los hombres que nos aferramos a los recuerdos, a la imaginería de un pasado mejor y un futuro incierto. Y es que a veces la inteligencia tiene muy poco de inteligente.
Por aquí anda mi amigo Pau, hecho polvo el tío, porque acaba la serie 7 vidas tras 7 años en antena. Bien.
Por Cuba anda un vecino mío, hecho polvo el chaval, porque acaba de dejarle su novia después de 3 años en la brecha. Bueno.
Por el INEM anda Carolina Ferre, a la que le echaría un polvo un servidor, porque vuelven a dejarla sin programa después de un mes. Otra vez.
Y yo afectado por el efecto liebre. ¡Ea!
Según la RAE la liebre es: En atletismo, corredor que en las pruebas de larga distancia se pone en cabeza para imponer un ritmo determinado al resto de los participantes. De este modo el corredor que va en cabeza tiene la sensación de ir perdiendo y sigue esforzándose para atrapar la escurridiza liebre. En realidad el corredor está cumpliendo sobradamente con su trabajo, pero parece no hacer lo suficiente para lograr el éxito de su empeño.
Un día me gustaría ver una carrera en la que el corredor se detuviera antes de cruzar la meta y dejara de perseguir a la liebre porque se dé cuenta del camelo. Ante las preguntas de los curiosos respondería:
-Prefiero hacer otras cosas más interesantes.
Por ejemplo podría hacer salto de longitud, ya que tirarse a la arena puede ser muy gratificante si Larena está buena.
Sin embargo somos como somos y si fuéramos de otro modo no seríamos seres humanos y nos convertiríamos en seres superiores como deben ser los perros. Parece que siempre perseguiremos la liebre de turno en lugar de pensar en todas las Larenas sueltas y aceptaremos de muy mala gana el final de las cosas, aunque haga tiempo que no nos satisfagan en absoluto.
Ayer soñé que había una rata en mi casa que me miraba. Yo no me atrevía a matarla aunque sabía que era lo que debía hacer. La razón no era el asco, más bien la pena de dejarla sin vida. Al final tuve que hacerlo ante los requerimientos ajenos. De un miedoso zapatazo hice que estirara la pata. Acto seguido me llevé las manos a la cabeza y me puse a lamentar la muerte del animal.
Admitámoslo, sólo tenemos algunos genes más que la mosca de la fruta.


